domingo, 16 de diciembre de 2007

Una opinión

Suelo decir a mis hijos que lamento no tener hoy veinte años. Está tan lindo el mundo, tan nuevo, tan sin respuestas viejas y conocidas, con tantas preguntas nuevas y aún por formular, con escenarios radicalmente distintos de los de hace unos pocos años... Casi que hay que dibujar nuevos paisajes, nuevas escenografías, cambiar los libretos, crear papeles nuevos para los nuevos actores... Y no me preocupa que espiritualmente el mundo se presente de manera paupérrima. Siempre creí en la gesta individual llegada esta instancia, aunque admito que hay momentos más florecientes en cuanto al contexto y otros más oscuros. Éste pareciera, en esos términos, un período más oscuro. Pero ocurre que se me antoja oscuro para los nuevos actores y no para los que venimos fatigando las tablas desde hace un buen rato. Porque tenemos la posibilidad de comprender que es éste el momento de una feliz mixtura entre las maravillas del nuevo mundo tecnológico y comunicacional y aquel mundo, permítaseme decir más espiritual, que supimos caminar unas pocas décadas atrás.

Es en este encuentro posible que el nuevo mundo me resulta apasionante, y lamento que mi generación, en edad y posiciones de poder, haya optado, mayoritariamente, por entregarse sin más a la vacía oferta fashion, cool, o como prefieran llamarla o bien se haya refugiado en el ensoñamiento de una idílica e idealizada adolescencia combativa.

En la entrevista que presentamos al pie, un español se interesa en los mecanismos culturales de adaptación al nuevo entorno. Y da material como para meterse en tema... Cuando lo leo no puedo dejar de pensar en los políticos vernáculos, cuán lejanos están de un pensamiento moderno, inteligente... Cuán primitivos resultan, ergo, cuán primitivas han de ser sus políticas de administración de este país.

Pero, todo argentino de buena cepa ya lo sabe: uno desarrolla su vida por estos lares absolutamente al margen de los gobiernos de turno, sean del signo político que sean, tomando a esos gobiernos casi como un obstáculo más, entre tantos, con el que deberá uno lidiar. Es lo que hay, no es lo ideal ni lo deseable, pero creo que así funciona. Al menos, hasta nuevo aviso.

Todos somos RAM (publicado en La Nación, el 26 de Agosto de 2007) por Diana Fernández Irusta
José Luis Brea, especialista español en cultura y nuevos medios, explica su última tesis, expresada como metáfora tecnológica: el surgimiento de las sociedades tipo RAM, creativas, dinámicas y en red
José Luis Brea es docente de la Universidad Carlos III de Madrid, director de la revista Estudios visuales y crítico independiente. Hace años que estudia los cambios producidos por el encuentro entre las prácticas comunicacionales, las nuevas tecnologías audiovisuales e Internet. Con el auspicio del Cceba, inauguró el flamante Laboratorio de Investigación en Prácticas Artísticas Contemporáneas del Centro Cultural Rojas-UBA y comentó algunas de sus más recientes investigaciones.


-¿Cuál sería el principal cambio tecnológico-cultural de nuestra época?
-En el libro que acabo de publicar (cultura_RAM. mutaciones de la cultura en la era de su distribución electrónica), investigo un cambio muy profundo en la función que cumple la cultura. Cada vez se ocupa menos de garantizar que los hallazgos se conserven y transmitan de una generación a la siguiente y, en cambio, desarrolla una tarea más inventiva. Esto lo relaciono con dos formas de memoria. Por un lado, la memoria de archivo, la que podríamos identificar con el disco duro de la computadora: una memoria de inscripción, de registro, ligada con la idea de monumento, que tiene esa función rememorativa y de repetición. La otra es la memoria inventiva, la memoria RAM, de proceso, que gestiona los datos para producir enunciados nuevos. En nuestro tiempo, la cultura está teniendo esta función productiva, creativa, que nos ayuda a enfrentar escenarios novedosos. Su objetivo último no es repetir una tradición, sino ayudarnos a habitar lugares nuevos.

-¿Podría mencionar algunos ejemplos?
-El museo de arte: su función principal ya no es la de hacer colecciones. Lo que se le pide es que sea capaz de generar tensiones de interpretación, que ponga en contacto la diversidad cultural. Los centros de exposiciones temporales tienden a sustituir a los museos. Estos últimos serían memorias ROM; los centros, memorias RAM. También están las universidades, que tradicionalmente tenían la misión de custodiar el saber. Hoy en día, en cambio, suelen ser unidades productivas; el trabajo de investigación es casi tan importante como el de la docencia. Incluso podríamos hablar de una constitución RAM en la escena de los afectos, que cada vez está menos clausurada en modelos de repetición o en formas estabilizadas de organización. Por el contrario, las estructuras afectivas son cada vez más móviles, más abiertas a la producción de redes.

-¿Esto se vincula con la idea de "puro presente", tan asociada con Internet?
-Las instituciones culturales no nos preparaban para habitar el presente, sino para habitar el pasado en el presente. Eso nos excluía del presente como invención. En cierta forma, la cultura contemporánea está instaurando todo lo contrario: el desafío de enfrentarse a un mundo que no se conoce. Esta nueva condición de la cultura permite una forma de acercamiento mucho más cotidiano a las formaciones culturales. Somos nosotros los que estamos inventando la cultura de nuestro tiempo y no parece que tengamos detrás esa vieja figura, esa tradición que nos enseñaba cómo habitar el mundo.

-¿Cómo articula este fenómeno con las políticas de la memoria?
-Las memorias de proceso no son memorias sin memoria, sino que son memorias activas. Creo que hay que conocer el pasado, alimentarse y nutrirse de él. Pero nunca para reproducirlo ni restaurar viejos esquemas. Digamos que una memoria RAM en el ordenador no existe como tal: tú tienes un programa, que es un operador eficiente de relaciones entre datos. Pero esos datos se tienen que sacar de algún sitio. Cuando trabajas con la memoria de proceso, rescatas los datos que trae la memoria de archivo, los pones a funcionar y gestionas nuevas ecuaciones. El pasado, en ese sentido, es un instrumento de nutrición que enriquece la memoria de proceso, sin que la lógica de relación que tengas con ese pasado sea la de reproducirlo como si la única manera de vivir el presente fuera reconstruyendo aquello que ya pasó. Por otra parte, creo que, gracias a los desarrollos sociales de la Web, el blog o el wiki, la cultura contemporánea tiende a ser coproducida por sus propios consumidores. Esto diseña un escenario al menos potencialmente más democrático. Hay que trabajar para que se extiendan estas posibilidades alternativas.

-¿No existe el riesgo de que se conviertan también en espacios de repetición?
-Bueno, depende del estado de creatividad de los ciudadanos. Una vez potenciado un medio tecnológico que permita usos singulares e independientes, habrá que favorecer procesos de educación que desarrollen una capacidad de actuación crítica y de reflexión. Pero eso ya no es tanto una cuestión de políticas de la comunicación, sino de afrontar una política de la educación.

-¿Así se podría garantizar una verdadera democratización?
-No concuerdo con esa postura que dice que Wikipedia, por ejemplo, va a ser siempre un mecanismo más trivializador de los contenidos que una enciclopedia hecha por autores de gran reputación. Creo que los mecanismos de depuración editoriales derivados del contraste de las opiniones van a lograr que suban los niveles de exigencia crítica. El tiempo irá demostrando que no es verdad que esta nueva lógica sólo genera "cultura basura" mientras que la lógica de los monumentos, las grandes catedrales y la producción de documentos muy singulares habría creado ciertas garantías de "calidad". Los ciudadanos consumidores de discursos simbólicos no son tontos. Cuanto más puedan mediar en la propia sanción de validación de los discursos, tanto más el nivel se elevará.

-¿Una cuestión de educación y ciudadanía, entonces?
-"Ciudadanía" es una palabra clave. He investigado acerca de cómo se pueden ir configurando nuevos modos de ciudadanía que establezcan lo que es comunitario por mutuo acuerdo, sin necesidad de grandes monumentos que sirvan como insignias de lo compartido. Esto se establecería alrededor de cosas muy puntuales, de preocupaciones o intereses en una problemática local, compartida por un pequeño grupo. Hasta cierto punto pienso en las ciudades que se construyen on line, pero también en una ciudad más volcada a los efectos de interconexión de unos con otros, un poco harta de una memoria que se fija en monumentos y lastra las posibilidades de actuar.

Por Diana Fernández Irusta

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