domingo, 16 de diciembre de 2007

Una del futuro

No, del presente... No, del futuro... No...

Ariel Torres, columnista de La Nación, es a esta altura, para nosotros, “un amigo”. No tenemos el gusto de conocerlo personalmente pero es de esas personas que uno espera “que venga de visita”. En un país como éste, con tanto desarrapado suelto e impune, encontrar gente atildada, inteligente, mesurada. culta, y a la vez interesada equilibradamente en lo que viene y lo que fue, es siempre un placer.

El ZapChing, o una mirada desde el año 2027 (publicado en La Nación, Septiembre 17 de 2007)
El zapping puede funcionar como oráculo, es un hecho. Algo así como un I-Ching a infrarrojos. El ZapChing . No entiendo muy bien por qué los controles remotos no vienen con un botoncito para cambiar de canal al azar. Imagínese. En lugar de pasarnos horas picoteando fragmentos de series y películas que ya hemos visto un trillón de veces podríamos hacer preguntas, apretar el botón Oráculo y obtener sabios y oportunos consejos. A fin de cuentas, el orden en el microcosmos electrónico bien puede ser un reflejo del orden en el macrocosmos.
Por ejemplo, uno pregunta: "¿Lograré cerrar ese negocio mañana?", aprieta el botón Oráculo y aparece La semana del Tiburón en Animal Planet. Un maestro del ZapChing leería aquí: "Peligro inminente, un par de inescrupulosos se lo almuerzan antes del jueves. Cuidado."
O bien: "¿Obtendré el ascenso este año?", a lo que el botón Oráculo podría responder con películas como Límite vertical , Riesgo total , o alguna otra de escaladores. Habrá que esforzarse más.
Los ejemplos son tan numerosos como ricos en matices. Preguntar por la salud podría conducir a algún documental truculento sobre las salas de emergencia de los hospitales (maneje con prudencia), uno de recetas elaboradas en El Gourmet (viva mejor, que eso es también salud) o al largometraje El Informante (deje de fumar).
En fin. Le he sacado más provecho al cable apretando canales al azar e interpretando las respuestas que con su oferta de programas y películas, últimamente. Hace unos días estaba consultando mi televisor, por así decir, y me encontré con El Auto Fantástico , la serie de la década del '80 con David Hasselhoff y KITT, la "computadora con forma de coche", en palabras del protagonista ( www.imdb.com/title/tt0083437/ ).
Recuerdo haber visto El Auto Fantástico en 1985 o 1986, y destilaba modernidad, futuro, casi ciencia ficción. Veinte años después, el auto ya no tiene nada de fantástico. Más bien, parece un usado al que se le agregaron pretenciosos alerones y unas tazas tan deportivas como un par de pantuflas, coronando el bochorno con pintura negra y el supuesto scanner en el capot, que ahora da la impresión de ser la luz de posición de una bicicleta de dudoso gusto. Para peor, habla. Ya hablaba entonces, pero hoy cualquier máquina puede hablar. Hasta los celulares.
Para completar la sensación de que había pasado un siglo (y no veinte años), la moda, los peinados y la arquitectura sonaban a antediluviano. Además, y por efecto del tiempo, el color de la imagen estaba algo desteñido y levemente fuera de foco. El futuro en Super 8.

Evaporarse no es desaparecer
Hasta 1585, la palabra moderno no significaba lo mismo que hoy. La idea de que algo pudiera volverse antiguo era absurda y se usaba el adjetivo para referirse a lo que ocurría hoy, lo actual, lo ordinario, el lugar común.
Hacia finales del siglo XVI, sin embargo, la ciencia y la técnica empezaban a apurar el paso y el término empezó a emplearse para contrastar lo de ahora, es decir, lo de entonces, con la edad antigua.
Cuatro siglos después vivimos en un estado de modernidad evanescente. En tan sólo dos décadas una serie puede pasar de futurista a nostálgica antigualla del canal Retro.

Sin límite de velocidad
Uno de los sellos característicos de nuestro tiempo es que no aceptamos los límites para el avance técnico. Puede que no podamos resolver algo ahora mismo, pero sabemos que es cuestión de investigar, es cuestión de tiempo. Los circuitos integrados están llegando al límite de la miniaturización, pero hace unos diez días se supo que dos laboratorios de IBM habían dado un paso fundamental para almacenar información en átomos individuales y crear interruptores moleculares.
En rigor, los límites existen, pero se han vuelto flexibles. En ocasiones, quebradizos. Ya no les tenemos respeto, en todo caso. La ciencia y la técnica se han sanado de ese estigma fáustico que las aprisionó durante siglos.
Sobre todo, y muy socráticamente, sabemos que sabemos poco y nada. Tenemos teorías que nos resultan útiles, pero hemos dejado de creer que la realidad obedece a nuestras hipótesis. Es más bien al revés. Y, en última instancia, los únicos que bailan al compás de las explicaciones de turno somos nosotros. ¿Nos preocupa esto? Para nada. A fin de cuentas sólo es bailar. Y además, en el estado de modernidad evanescente, parece que simplemente nos dedicamos a disfrutar del viaje, tras haber abandonado la idea de dominar la naturaleza, un proyecto que se ha demostrado tan inviable como suicida.
(Es que, anoto al margen, nosotros formamos parte de la naturaleza y ahora, con la catástrofe ecológica que hemos sembrado, la cosecha nos explota en la cara. Por desgracia, la madurez llega lento y seguimos arrasando bosques, contaminando el aire y el agua, y aniquilando especies como si no hubiera un mañana.)
Hay un mañana, es de esperar, y por eso estuve tratando de imaginar cómo se verá 2007 dentro de veinte años. Podría anotar una cantidad de ideas tan cómicas como obvias, surgidas de la experiencia de volver a ver El Auto Fantástico . Prefiero, en lugar de eso, exponer un caso de modernidad volátil que nos toca de cerca, una historia de ascenso y caída que no llevó 25 años, sino apenas seis. Hablo de Windows XP.
Cuando salió, en 2001, la interfaz de XP hizo furor. Era moderna. Más decorativa y llena de vida que la aburrida y cuadrangular fachada de Windows 95, 98 y 2000. Pero, sobre todo, era moderna.
Hoy, comparado con Vista y Mac OS X, XP no sólo ya no parece moderno, sino que es sinónimo de pasado, de obsoleto. No es obsoleto, entiéndase bien, pero ya no está en sintonía con el clima visual del momento, del lustro. Las coloridas, translúcidas casi orgánicas iMac originales estaban en sintonía con 1998; luego se tornaron blancas, planas, austeras, casi un veredicto zen. Hoy son, además, metálicas. Por dentro siguen siendo simplemente computadoras.

El cambio climático
¿Cómo se gesta el clima visual de cada época? Son los creadores de tendencias, los modistos, los diseñadores industriales y gráficos, los decoradores, los directores de cine comercial, los webmasters, los escritores y los fotógrafos, entre muchos otros, los que dinámicamente establecen el clima de la época, algunos quizás sin ser del todo concientes de la compleja y espontánea combinación de todas sus ideas. Cada tiempo tiene un número de climas; político, social, cultural.
Es el clima visual el que eleva un producto humano (no una obra de arte; el arte, precisamente, trasciende los climas visuales, los sobrevuela) a la categoría de moderno o lo despeña al abismo de la decrepitud. Desde fuera no sabemos qué hay dentro de una computadora. Juzgamos, así, su fachada, su aspecto, sus curvas, colores, transparencias y texturas. A veces hasta acertamos.
Tantas veces se ha producido este cambio de temporada visual que hemos inventado el revival . Un diseño pasado de moda se pone de moda de nuevo, pero se pone de moda porque ya no está de moda, por lo que, en cierto modo, los climas visuales, cuando pasan, quedan sellados en el pasado. Es posible que sean rescatados un verano o un otoño, pero nadie los volverá a ver como modernos nunca más.
Es el carpe diem digital, o el revival del carpe diem . El día de hoy no vuelve. Así que disfrútelo.
Por Ariel Torres para La Nación

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