viernes, 3 de agosto de 2007

Un detalle

Incluímos nuevamente a Beatriz Sarlo por estos lares. La verdad, da gusto encontrar, bastante a menudo por suerte, argentinos "presentables". Y la Sra. Sarlo es una de estas personas con las que no cuesta imaginar un país mejor.

(Irónicamente hemos titulado este cuadro: un detalle. Porque creemos que es TODO UN DETALLE el asunto en cuestión...)

En esta oportunidad, su columna de Clarín me trae a la memoria mis momentos, equivalentes a los que ella refiere, los que felizmente no se quedan sólo en la infancia. Los recuerdo como epifanías de distinta índole: intelectuales, emocionales, espirituales. Algo pasaba, algo nuevo se manifestaba y algo en mí explotaba... Esos eran los momentos en que yo sabía que estaba frente a algo de otro nivel más sutil, más fino. Y agradezco la buena disposición de mi naturaleza para con estos fenómenos. No era yo (el yo habitual) el que respondía sino...¿otro yo también?... No sé en verdad qué o quién responde en tales casos. Me basta por el momento el saber que hay una buena respuesta, y quizás esa buena respuesta no sea más que mantener una pequeña abertura capaz de dejar pasar lo milagroso, lo mágico, lo nuevo, lo inconmensurable, todas palabras necesarias a falta de un cabal conocimiento.

Pero quiero bajar el tono de mis apreciaciones y quedarme sencillamente en las épocas del colegio.Pequeños datos reveladores que tiraban los profesores y los maestros de tanto en tanto, es el día de hoy que los recuerdo como si fuera ayer. Y recuerdo así mismo como esas revelaciones tenían sus efectos benéficos a poco andar...

Hoy veía en los noticieros la triste imagen de un grupo de estudiantes secundarios rompiendo con alevosía todos los elementos y mobiliario de un aula, su propia aula, y ufanándose luego de esta hazaña al subir a You Tube el video que ellos mismos registraron para la ocasión...

En algún momento alguien prendió los quemadores y no nos dimos cuenta. ¿Y ya está haciendo bastante calor, no?

El vértigo incomparable de pensar
por Beatriz Sarlo (publicado en Clarín, Junio 17 de 2007)

Diez costureras cosen 40 vestidos en quince horas, ¿cuántas costureras será necesario emplear para coser treinta vestidos encinco horas? No era ése seguramente el problema; a lo mejor, en lugar de costureras, se hablaba de albañiles y de metros de paredes, o de tanques de agua y canillas. Los detalles concretos del problema no tienen, en verdad, la menor importancia. Lo que sí recuerdo perfectamente es que, cuando me enseñaron la forma de su solución, en mi cabeza se abrió una especie de túnel luminoso: sentí que se perforaba un camino, y que me atravesaba algo así como un rayo frío, transparentee intenso. La imagen del túnel en el cerebro era la que yo podía inventar auxiliada por mi lectura de historietas, donde encontraba un depósito de comparaciones posibles para explicarme mis experiencias. O sea que el túnel se abrió en el medio de la frente y sentí cómo cedían los huesos sin quebrarse sino, al contrario, adaptándose a las molduras de la nueva realidad en la que yo ingresaba. Tenía nueve o diez años y creo que mi recuerdo no exagera nada. Pocas veces en la vida se tiene la sensación física de que se está aprendiendo algo radicalmente nuevo. Después, entre esos momentos intensos y luminosos, se extiende lapaciencia, la repetición, la acumulación y el aburrimiento. Esas pocas veces provocan sensaciones a las que es difícil definir como totalmente placenteras. Más bien intensas y eléctricas, no se adaptan a la norma habitual de lo placentero; son sensaciones alarmantes por su impacto y por la cualidad desconocida del mundo que dejan entrever. Uno cree estar asomado a un paisaje suspendido cuya existencia anterior se desconocía. Antes de aprender la solución al problema de las costureras, yo había aprendido las técnicas mecanizadas de la aritméticaelemental. Las maestras creían que aprender a dividir por dos cifras era muy difícil. Por lo menos eso es lo que yo escuchaba repetir en mi casa, donde vivían varias maestras. Difícil o no, ésa era una técnica. En cambio, la solución del problema de las costureras y sus vestidos me pareció que no tenía que ver sólo con una técnica para resolver operacionessino con otra cosa. Oscuramente agazapadas, detrás de las costureras o de los albañiles, palpitaban las incógnitas: es decir,si solucionaba el problema entendiendo la forma de su solución, había pegado un salto fenomenal. Nadie se ocupó de decirmeesto, naturalmente. Sin embargo, el cilindro helado que me atravesaba la cabeza, como si yo fuera un personaje de historieta, indicaba que, poralgún motivo, la belleza de ese problema que solucionaba incógnitas saltaba a la vista incluso de la chica mal preparada queyo era. A partir de ese día y durante varios meses resolví frenéticamente problemas de regla de tres, los buscaba en los libros y en los manuales, se los pedía a las maestras, me ofrecía para hacérselos a compañeras menos entusiasmadas por el milagro de las incógnitas.Después, ciertamente, el entusiasmo fue cediendo. Me di cuenta de que el cilindro de congelada luz ya no me atravesaba lafrente cada vez que me ponía a averiguar cuántos canastos de fruta juntaban los cosechadores en diferentes lapsos de tiempo. La novedad se había agotado y, sobre todo, yo había mecanizado el esquema de la solución quitándole toda novedad. No me desilusioné, pero quedé a la espera, convencida de que, si eso me había pasado una vez, seguramente volvería a pasarme. Era cuestión de tiempo y me parecía inútil preguntar a las maestras en la escuela ya que ellas se preocupaban por otras cosas y, seguramente, no hubieran encontrado demasiado adecuadas a su pedagogía mis imágenes de historieta futurista.Está claro que yo no tenía aptitudes excepcionales para las matemáticas. No era por facilidad intelectual que me había ucedido eso con las incógnitas, sino simplemente porque una casualidad me había permitido captar el momento exacto en que aprendía algo que era lógicamente superior a lo que había aprendido hasta entonces. El problema me mostró cómo funcionaba mi propia cabeza y descubrir eso a los nueve o diez años es, sencillamente, una experiencia límite. No asegura un futuro brillante, pero ofrece un momento de incandescencia en el presente.Dos o tres años más tarde, me enseñaron la subordinación sintáctica. Con un trazo azul subrayaba la oración principal y luego, en diferentes colores, marcaba las subordinadas, armando una especie de árbol jerárquico por el que ascendía y descendía el pensamiento. De nuevo, como con la regla de tres, me pasé semanas buscando ejemplos en libros. Quería encontrar frases cada vez más complicadas, párrafos cada vez más largos, subordinadas cada vez más intrincadamente escondidasunas dentro de otras. En ese momento, mi ideal era una especie de frase infinita que yo no sabía escribir y que tampoco sabíadónde encontrar, una frase cuyas bifurcaciones fueran incalculables. Sólo quería ver páginas cubiertas de distintos colores como si en ellas hubiera germinado el árbol de la lengua. Creo que la escuela pasa por alto estos períodos enloquecidos de la infancia, porque en realidad son momentos solitarios e intratables.

No hay comentarios:

 
Elegant de BlogMundi