jueves, 21 de junio de 2007

09 . Una opinión

Felizmente, muy de tanto en tanto eso sí, entre tanta "inteligentzia" vernácula adolescente, asoma un pensamiento maduro... y lúcido. En esta oportunidad, una columna de Beatriz Sarlo publicada en Clarín.

Comentario aparte: Puesto que las noticias ya no son monopolio exclusivo de los diarios, ya que, fundamentalmente, llegan tarde para buena parte de la poblacion, que ya se ha enterado de las noticias por Internet o por la televisión, los diarios pues van dedicando mayor espacio a distintas columnas de opinión, análisis, blogs, etc. Y es en esos diarios, habitualmente denostados - con la soberbia que le es propia - por aquella inteligentzia a la que aludíamos anteriormente, que encontramos muy a menudo "opinión" de alto vuelo o, por lo menos, más que interesante. Por lo general, quienes escriben, son gente que ya ha pasado la barrera de los extremos, del blanco o negro, del tómalo o déjalo, que sabe que el juego verdadero es más amplio, más misterioso, inabarcable. Y que se comportan a la vez como adultos que son y no como adolescentes tardíos e irresponsables.

¿Cómo se escribe "golosinas"?
Beatriz Sarlo, publicado en Clarín, Abril 22 de 2007

Alguien que llegó a la Argentina después de muchos años de vivir afuera, manifiesta sorpresa ante la indecisión con que variados carteles artesanales, que anuncian el producto en kioscos o almacenes, muestran una palabra de tres maneras diferentes: golosinas, golocinas y golozinas. O no me había dado cuenta o nunca encontré uno de esos carteles. Sin embargo, no hay motivo para desconfiar de mi interlocutor. Declaraciones de pasión exhiben, en muchas paredes, deletreos semejantes, de modo que, si quienes escriben en la adolescencia llegan a atender un maxikiosco poco después, podrían pasar del graffiti erótico al cartel con la misma ausencia de virtudes ortográficas. Por otra parte, cualquiera que haya corregido exámenes escritos en la universidad sabe que la ortografía no es una destreza distribuida igualitariamente entre los alumnos,aunque las cosas varían de facultad en facultad. Aclaro que decir esto no supone voluntad de desmerecer el esfuerzo ni la inteligencia de los estudiantes. (Hay que tener cuidado porque, ante la menor alusión que suene crítica, el que la hace puede ser acusado de elitista o de despreciar el esfuerzo de maestros y profesores o, más terrible aún, de pasar por alto los gigantescos esfuerzos de las alumnos de la secundaria. Y no estoy inventando la acusación sino que estos reproches fueron recibidos por el decano de una facultad de Medicina, cuando atribuyó a la pésima preparación de la escuela media el 70 por ciento de bochados en el examen de ingreso.) El párrafo anterior está completamente fuera de moda. La cuestión de la ortografía es de segundo orden si se la piensa en relación con la forma en que se habla en los medios de comunicación, cuyos programas están al tope de las tablas de audiencia. Y criticar esa forma de lengua oral también está pasado de moda. Desde hace décadas se privilegia la espontaneidad de la expresión y la libertad total en el manejo del lenguaje. La Real Academia Española y sus hermanas-hijas, las academias latinoamericanas, fueron incorporando nuevas palabras, que muchas veces duran menos en el uso popular que la edición del Diccionario donde se las admite. La Academia, que había sido un bastión del conservadurismo y del anti-latinoamericanismo, se convirtió en una especie de sociedad de beneficencia de la lengua, donde todo, a su tiempo, y más vale rápido que lentamente, va siendo recopilado. Hoy la Academia no le niega anadie un almuerzo gratis.Si se piensa en la literatura, inmediatamente se afirma que grandes escritores, como Roberto Arlt, escribieron con palabras que no estaban en ningún diccionario. Eso es más o menos cierto y también es más o menos falso. Roberto Arlt sintió como pocos los límites de la lengua; como pocos experimentó la idea de que él era un excluido de la cultura alta; como pocos se esforzó para responder no sólo con el lunfardo (que no usaba en cantidad y, cuando lo usaba, siempre de modo perfecto) sinocon decenas de palabras raras que encontraba en traducciones, palabras muchas veces inutilizables pero que lo fascinaban por su prestigio o por su halo de distancia.Ningún gran escritor escribe con la lengua que habla. Ningún gran escritor es espontáneo. Cuando se libera de la norma es siempre por un acto de violencia estética consciente. Se dice que Arlt escribía con faltas de ortografía. Esta leyenda, basada en lo que otros escritores dijeron sobre Arlt, puede haber sido una parcial realidad. Lo que no se dice es que Arlt escribía contra las faltas de ortografía, furioso por la ortografía o la sintaxis o la puntuación que pensaba que no dominaba como otros. Arlt es un escritor iracundo, no un ignorante resignado. Si hubiera sido lo segundo, nunca habría sido grande.Por tanto: señores burócratas, profesores y padres, el discurso de la espontaneidad es un arma de fuego que, en todas las disciplinas, apunta al centro del corazón. La espontaneidad es sospechosa cuando concierne a algo que debe aprenderse con esfuerzo. La espontaneidad nos confirma en lo que somos, en lugar de abrirnos. La espontaneidad es un instinto o un reflejo.Aprender algo es justamente contradecir el reflejo, corregir lo que se creía hasta ese momento, salirse de sí.Golosinas se escribe con "s". Responde a una regla que puede ser explicada, si llega el caso. Pero que también debe ser aprendida por la repetición. No todo lo que aprendemos recorre el largo camino de la explicación razonada. Aprendemos mucho a través de la copia (y si no lo creen, explíquenme cómo se aprende a bailar los nuevos pasos de las músicas populares). La copia no es algo nefasto en sí mismo; en los deportes, por ejemplo, aprendemos copiando los movimientos más exitosos o eficientes. A nadie se le ocurriría decir que eso coarta la libertad. Por el contrario, alguien se vuelve libre en un deporte, o tocando un instrumento, cuando la copia se ha metido tanto en su cuerpo que ya no sabe que está copiando.Un verano del fin de mi infancia, me pidieron que copiara algunos textos, para rescatar mi ortografía. Así leí por primera vez un poema de Machado. No estuvo nada mal.

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